miércoles, 4 de febrero de 2015

Incertidumbre originaria incertidumbre




 “Yo sólo así he venido
Nunca he mirado así, a tantas mujeres hablando
Me da sueño, la verdad no les entiendo, todas hablan diferente”
Llegan ataviadas con sus trajes coloridos, todas con sus “vestimentas originarias”, bordados con chakanas, con muyus, taqis infinitos que las trajeron a una capital fría, a un alojamiento seco, a un trato hostil, a posar para la foto y a escuchar las palabras importantes, a agradecer la cesión histórica del espacio “privilegiado” que los programas de género les otorgan.
Las mama-autoridades, las mama t’allas, las mama-amautas, las mama-pasiris, las que ejercen como autoridades originarias, las que acompañan, las que tienen experiencia, las que fueron autoridades.
“Con la indulgencia de las mama-autoridades
Ya pues mamas! Se están durmiendo, si no entienden me interrumpen, yo estoy para servirles, hasta que entiendan, aunque sea hasta la madrugada nos vamos a quedar
Ustedes saben mamas, la platita viene de afuera, gracias a eso nos acomodamos así, tenemos comidita, alojamiento, también vamos a devolver pasajitos. No se van a olvidar poner su nombre en las listas, si no saben firmar, aunque sea una rayita ponen, si no han traído sus carnets una foto les vamos a sacar ¿ya?”
Todas en torno a la dirección simulada de las “hermanas técnicas”. Insípidas, burdas, maternales y soberbias en su posición de “conocedoras”, con el poder de la palabra, la escritura, el lenguaje propio y la indumentaria oscura que les paga la cooperación.
En el discurso permanentemente las mujeres que hacen de autoridades originarias, se comparan con las sindicalistas, su defensa es el estado civil que les garantiza una posición moralmente correcta. ¿Correcta? ¿Dónde? ¿Por qué? Las sindicalistas estarían equivocadas porque hacen solas sus caminos, sin su esposo, solas -¿independientes acaso?-, pero finalmente los hombres del sindicato les tapan la boca. Las originarias por el contrario ejercen la autoridad dual con sus esposos, acompañando a sus padres o reemplazando a sus maridos. Ellas en su ausencia, acompañan la autoridad, no ejercen como tales. Se dice, ahí está el “Tata Juan, ¡ah! y su mama”; ella, la anónima, la que figura en el ritual, mas no comprende de la comisión política de su tata.
Originarias y sindicalistas subsumidas en el pacto de técnicos e intelectuales, que cómodamente apelan al chachawarmi y a la política propia en la que las mujeres operan su participación desde la cocina y el silencio. Todas las organizaciones de mujeres son camisas de fuerza. ¿No hay salida? ¿Qué política se condensa en la cocina? ¿Cómo explota el silencio?
“Yo sueño con una organización de mujeres solas, donde nos organicemos todas las que nos hemos embarazado sin casarnos, las que no queremos formalizarnos, pero nos gusta ser madres. Las divorciadas que se han librado de sus maridos borrachos, golpeadores abusivos, de las abandonadas, de las viudas que son víctimas de las habladurías, de las jovencitas que han andado como yo con su bebé. Así quiero una organización, para demostrar que las mujeres podemos hacer solas el chachawarmi, que podemos romper el modelo de marido (borracho) y mujer (golpeada), que podemos, nosotras podemos romper el sistema.”
Me resuenan todavía las palabras de Nancy, mientras cambia el pañal de la pequeña Fanny. Se saca el pantalón, me mira de reojo y me dice “estamos entre mujeres”, se acomoda las enaguas, se pone la corta pollera verde que tanto le critican, se saca las medias, calza sus sandalias. Se quita la chaqueta de cuero, el suéter café y se mete en su pequeña blusa de encajes. Se suelta su largo pelo, lo cepilla y empieza a trenzarlo, saca sus tullmas blancas y los combina con las hebras de las trenzas, el fin de las trenzas le roza las caderas. Pone la mamadera entre las manitas de Fanny y saca un rebozo de bordado precioso de su mochila, se lo pasa por la espalda y lo ajusta con un gancho. Toma a Fanny entre los brazos y me dice,
“Ahora sí hermana, ahora vamos a trabajar, ya estoy de originaria”
Y vamos, ella de color y yo de oscura frustración; qué inverosímil sororidad, pues no compartiremos “entre mujeres” el rizoma originario, tan sólo tomaré la foto que no atrapará ningún instante, mientras intento robarle otros que caen y se dispersan en la incertidumbre de este encuentro.

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