“Yo sólo así he venido
Nunca he mirado así, a tantas
mujeres hablando
Me da sueño, la verdad no les
entiendo, todas hablan diferente”
Llegan ataviadas con sus trajes
coloridos, todas con sus “vestimentas originarias”, bordados con chakanas, con
muyus, taqis infinitos que las trajeron a una capital fría, a un alojamiento
seco, a un trato hostil, a posar para la foto y a escuchar las palabras
importantes, a agradecer la cesión histórica del espacio “privilegiado” que los
programas de género les otorgan.
Las mama-autoridades, las mama
t’allas, las mama-amautas, las mama-pasiris, las que ejercen como
autoridades originarias, las que acompañan, las que tienen experiencia, las que
fueron autoridades.
“Con la indulgencia de las
mama-autoridades
Ya pues mamas! Se están durmiendo,
si no entienden me interrumpen, yo estoy para servirles, hasta que entiendan,
aunque sea hasta la madrugada nos vamos a quedar
Ustedes saben mamas, la platita
viene de afuera, gracias a eso nos acomodamos así, tenemos comidita,
alojamiento, también vamos a devolver pasajitos. No se van a olvidar poner su
nombre en las listas, si no saben firmar, aunque sea una rayita ponen, si no
han traído sus carnets una foto les vamos a sacar ¿ya?”
Todas en torno a la dirección simulada
de las “hermanas técnicas”. Insípidas, burdas, maternales y soberbias en su
posición de “conocedoras”, con el poder de la palabra, la escritura, el
lenguaje propio y la indumentaria oscura que les paga la cooperación.
En el discurso permanentemente las
mujeres que hacen de autoridades originarias, se comparan con las sindicalistas,
su defensa es el estado civil que les garantiza una posición moralmente
correcta. ¿Correcta? ¿Dónde? ¿Por qué? Las sindicalistas estarían equivocadas
porque hacen solas sus caminos, sin su esposo, solas -¿independientes acaso?-,
pero finalmente los hombres del sindicato les tapan la boca. Las originarias
por el contrario ejercen la autoridad dual con sus esposos, acompañando a sus
padres o reemplazando a sus maridos. Ellas en su ausencia, acompañan la
autoridad, no ejercen como tales. Se dice, ahí está el “Tata Juan, ¡ah! y su
mama”; ella, la anónima, la que figura en el ritual, mas no comprende de la
comisión política de su tata.
Originarias y sindicalistas subsumidas
en el pacto de técnicos e intelectuales, que cómodamente apelan al chachawarmi y a la política propia en la que las mujeres operan su participación desde
la cocina y el silencio. Todas las organizaciones de mujeres son camisas de
fuerza. ¿No hay salida? ¿Qué política se condensa en la cocina? ¿Cómo explota
el silencio?
“Yo sueño con una organización de
mujeres solas, donde nos organicemos todas las que nos hemos embarazado sin
casarnos, las que no queremos formalizarnos, pero nos gusta ser madres. Las
divorciadas que se han librado de sus maridos borrachos, golpeadores abusivos,
de las abandonadas, de las viudas que son víctimas de las habladurías, de las
jovencitas que han andado como yo con su bebé. Así quiero una organización,
para demostrar que las mujeres podemos hacer solas el chachawarmi, que podemos
romper el modelo de marido (borracho) y mujer (golpeada), que podemos, nosotras
podemos romper el sistema.”
Me resuenan todavía las palabras de
Nancy, mientras cambia el pañal de la pequeña Fanny. Se saca el pantalón, me
mira de reojo y me dice “estamos entre mujeres”, se acomoda las enaguas, se
pone la corta pollera verde que tanto le critican, se saca las medias, calza
sus sandalias. Se quita la chaqueta de cuero, el suéter café y se mete en su
pequeña blusa de encajes. Se suelta su largo pelo, lo cepilla y empieza a
trenzarlo, saca sus tullmas blancas y los combina con las hebras de las
trenzas, el fin de las trenzas le roza las caderas. Pone la mamadera entre las
manitas de Fanny y saca un rebozo de bordado precioso de su mochila, se lo pasa
por la espalda y lo ajusta con un gancho. Toma a Fanny entre los brazos y me
dice,
“Ahora sí hermana, ahora vamos a trabajar,
ya estoy de originaria”
Y vamos, ella de color y yo de
oscura frustración; qué inverosímil sororidad, pues no compartiremos “entre
mujeres” el rizoma originario, tan sólo tomaré la foto que no atrapará ningún
instante, mientras intento robarle otros que caen y se dispersan en la
incertidumbre de este encuentro.
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