Ojos entrecerrados y huidizos, gorra, camisa y zapatos de vestir.
Parece una descripción poco usual para la gente de los lugares que estoy
visitando. Será mi ingenuidad que reconoce o quiere reconocer en los ojos
alguna forma de honestidad, será que las abarcas en los altos y las chancletas
en el trópico a mi reducida vista expresan la practicidad del trabajo
campesino, será que mi burda pretensión de “palpar el pueblo” me retiene en un
mundo de prejuicios y suposiciones que evidencian mi exterioridad y lo forzado
de mis “visitas”.
Ixiamas como todos los pueblos que estoy registrando en mi memoria y
cada vez menos en mi cámara digital, parece un rebalsado de comercio, son “El
Alto” versión tropical, yungueño u oriental. Centros urbanitas en los que se
impone un aire ruralito denso y un desencajonamiento de artículos de
contrabando, entre ropa, enseres, aparatos, internets, autos, motos y un sinfín
de cosas. Ahí muchas veces mi morena tez se confunde con la de otras mujeres locales,
aunque mi desgarro en las cuerdas vocales me lleva a trajinar con pañuelos multicolor
y bufandas sinsentido, en los climas más variados y destacándome entre el resto.
Es mentira que mi “presencia externa” altera el contexto o la rutina.
Más bien la alterada soy yo que dejo interpelarme por los ruidos, colores, las
mezclas, lo ch’ixi de la textura de
relaciones y vínculos sociales. Me alteró por ejemplo que en el alojamiento
“México”, primero en el que pedí hospedaje, la mujer rolliza de acento camba,
me mirara como a colla –¡ah! Porque lo soy- y me diga que no tiene cuartos para
“mujeres solas, con hombre sí, pero solas no”.
Me altera que el chico del moto-taxi me trate de “usted” y ante mis
risas en el traqueteo en su moto, baje la mirada y al despedirse me diga “ojalá
que no extrañe la ciudad”. Sólo Ever Jamil y Vania, los hermanitos pequeños
fueron los únicos que me dieron hospedaje y de los únicos que estoy segura.
Segura que Jamil estaba fascinado con mis risas y Vania emperrada de que hable
con su padre, el encargado del hotel Ixiamas. Madre ausente, por la castaña. Padre
doméstico.
El dormitorio, de él, un extraño norteamericano que lo alquiló hace
tiempo y lleva más de dos meses perdido. Ahí, entre sus cosas personales, sus
pantuflas al pie de la cama, sus lentes en el buró, su escopeta, su libreta de
teléfonos, libros, ropa y cepillo de dientes; la cama mal tendida frente a la
cama “desocupada” que me confió el padre de los niños. Me pongo a imaginar que
algo le pasó, que está desaparecido y nadie lo busca; en la ducha me abstengo a
usar su shampo, ¿y si de pronto regresase?, ¿y si alguien viene a reclamar sus
cosas?
Creyéndome el dilema, intento no tocar nada, pero al rato estoy ojeando
su libreta, buscando nombres, probándome las gafas; sólo la luz del sol ingresa
por la ventana, amplificando todas las sombras en la habitación, llama la
atención de mis ojos, el rojo vivo que se enciende en la espesura verde y todo
se torna naranja, y siento un olorcito a quemado, al chaqueo, y me acerco a la
otra ventana y sólo hay humo, y sí, arde Amazonía.