miércoles, 4 de febrero de 2015

Ixiamas des-confía-me



Ojos entrecerrados y huidizos, gorra, camisa y zapatos de vestir.
Parece una descripción poco usual para la gente de los lugares que estoy visitando. Será mi ingenuidad que reconoce o quiere reconocer en los ojos alguna forma de honestidad, será que las abarcas en los altos y las chancletas en el trópico a mi reducida vista expresan la practicidad del trabajo campesino, será que mi burda pretensión de “palpar el pueblo” me retiene en un mundo de prejuicios y suposiciones que evidencian mi exterioridad y lo forzado de mis “visitas”.
Ixiamas como todos los pueblos que estoy registrando en mi memoria y cada vez menos en mi cámara digital, parece un rebalsado de comercio, son “El Alto” versión tropical, yungueño u oriental. Centros urbanitas en los que se impone un aire ruralito denso y un desencajonamiento de artículos de contrabando, entre ropa, enseres, aparatos, internets, autos, motos y un sinfín de cosas. Ahí muchas veces mi morena tez se confunde con la de otras mujeres locales, aunque mi desgarro en las cuerdas vocales me lleva a trajinar con pañuelos multicolor y bufandas sinsentido, en los climas más variados y destacándome entre el resto.
Es mentira que mi “presencia externa” altera el contexto o la rutina. Más bien la alterada soy yo que dejo interpelarme por los ruidos, colores, las mezclas, lo ch’ixi de la textura de relaciones y vínculos sociales. Me alteró por ejemplo que en el alojamiento “México”, primero en el que pedí hospedaje, la mujer rolliza de acento camba, me mirara como a colla –¡ah! Porque lo soy- y me diga que no tiene cuartos para “mujeres solas, con hombre sí, pero solas no”.
Me altera que el chico del moto-taxi me trate de “usted” y ante mis risas en el traqueteo en su moto, baje la mirada y al despedirse me diga “ojalá que no extrañe la ciudad”. Sólo Ever Jamil y Vania, los hermanitos pequeños fueron los únicos que me dieron hospedaje y de los únicos que estoy segura. Segura que Jamil estaba fascinado con mis risas y Vania emperrada de que hable con su padre, el encargado del hotel Ixiamas. Madre ausente, por la castaña. Padre doméstico.
El dormitorio, de él, un extraño norteamericano que lo alquiló hace tiempo y lleva más de dos meses perdido. Ahí, entre sus cosas personales, sus pantuflas al pie de la cama, sus lentes en el buró, su escopeta, su libreta de teléfonos, libros, ropa y cepillo de dientes; la cama mal tendida frente a la cama “desocupada” que me confió el padre de los niños. Me pongo a imaginar que algo le pasó, que está desaparecido y nadie lo busca; en la ducha me abstengo a usar su shampo, ¿y si de pronto regresase?, ¿y si alguien viene a reclamar sus cosas?
Creyéndome el dilema, intento no tocar nada, pero al rato estoy ojeando su libreta, buscando nombres, probándome las gafas; sólo la luz del sol ingresa por la ventana, amplificando todas las sombras en la habitación, llama la atención de mis ojos, el rojo vivo que se enciende en la espesura verde y todo se torna naranja, y siento un olorcito a quemado, al chaqueo, y me acerco a la otra ventana y sólo hay humo, y sí, arde Amazonía.

Incertidumbre originaria incertidumbre




 “Yo sólo así he venido
Nunca he mirado así, a tantas mujeres hablando
Me da sueño, la verdad no les entiendo, todas hablan diferente”
Llegan ataviadas con sus trajes coloridos, todas con sus “vestimentas originarias”, bordados con chakanas, con muyus, taqis infinitos que las trajeron a una capital fría, a un alojamiento seco, a un trato hostil, a posar para la foto y a escuchar las palabras importantes, a agradecer la cesión histórica del espacio “privilegiado” que los programas de género les otorgan.
Las mama-autoridades, las mama t’allas, las mama-amautas, las mama-pasiris, las que ejercen como autoridades originarias, las que acompañan, las que tienen experiencia, las que fueron autoridades.
“Con la indulgencia de las mama-autoridades
Ya pues mamas! Se están durmiendo, si no entienden me interrumpen, yo estoy para servirles, hasta que entiendan, aunque sea hasta la madrugada nos vamos a quedar
Ustedes saben mamas, la platita viene de afuera, gracias a eso nos acomodamos así, tenemos comidita, alojamiento, también vamos a devolver pasajitos. No se van a olvidar poner su nombre en las listas, si no saben firmar, aunque sea una rayita ponen, si no han traído sus carnets una foto les vamos a sacar ¿ya?”
Todas en torno a la dirección simulada de las “hermanas técnicas”. Insípidas, burdas, maternales y soberbias en su posición de “conocedoras”, con el poder de la palabra, la escritura, el lenguaje propio y la indumentaria oscura que les paga la cooperación.
En el discurso permanentemente las mujeres que hacen de autoridades originarias, se comparan con las sindicalistas, su defensa es el estado civil que les garantiza una posición moralmente correcta. ¿Correcta? ¿Dónde? ¿Por qué? Las sindicalistas estarían equivocadas porque hacen solas sus caminos, sin su esposo, solas -¿independientes acaso?-, pero finalmente los hombres del sindicato les tapan la boca. Las originarias por el contrario ejercen la autoridad dual con sus esposos, acompañando a sus padres o reemplazando a sus maridos. Ellas en su ausencia, acompañan la autoridad, no ejercen como tales. Se dice, ahí está el “Tata Juan, ¡ah! y su mama”; ella, la anónima, la que figura en el ritual, mas no comprende de la comisión política de su tata.
Originarias y sindicalistas subsumidas en el pacto de técnicos e intelectuales, que cómodamente apelan al chachawarmi y a la política propia en la que las mujeres operan su participación desde la cocina y el silencio. Todas las organizaciones de mujeres son camisas de fuerza. ¿No hay salida? ¿Qué política se condensa en la cocina? ¿Cómo explota el silencio?
“Yo sueño con una organización de mujeres solas, donde nos organicemos todas las que nos hemos embarazado sin casarnos, las que no queremos formalizarnos, pero nos gusta ser madres. Las divorciadas que se han librado de sus maridos borrachos, golpeadores abusivos, de las abandonadas, de las viudas que son víctimas de las habladurías, de las jovencitas que han andado como yo con su bebé. Así quiero una organización, para demostrar que las mujeres podemos hacer solas el chachawarmi, que podemos romper el modelo de marido (borracho) y mujer (golpeada), que podemos, nosotras podemos romper el sistema.”
Me resuenan todavía las palabras de Nancy, mientras cambia el pañal de la pequeña Fanny. Se saca el pantalón, me mira de reojo y me dice “estamos entre mujeres”, se acomoda las enaguas, se pone la corta pollera verde que tanto le critican, se saca las medias, calza sus sandalias. Se quita la chaqueta de cuero, el suéter café y se mete en su pequeña blusa de encajes. Se suelta su largo pelo, lo cepilla y empieza a trenzarlo, saca sus tullmas blancas y los combina con las hebras de las trenzas, el fin de las trenzas le roza las caderas. Pone la mamadera entre las manitas de Fanny y saca un rebozo de bordado precioso de su mochila, se lo pasa por la espalda y lo ajusta con un gancho. Toma a Fanny entre los brazos y me dice,
“Ahora sí hermana, ahora vamos a trabajar, ya estoy de originaria”
Y vamos, ella de color y yo de oscura frustración; qué inverosímil sororidad, pues no compartiremos “entre mujeres” el rizoma originario, tan sólo tomaré la foto que no atrapará ningún instante, mientras intento robarle otros que caen y se dispersan en la incertidumbre de este encuentro.